Elegir película en el videoclub, nada que Netflix pueda igualar

La dificultad para encontrar películas navegando por Netflix es un motivo más de tener nostalgia por la era de los videoclubs.

Los lectores más jóvenes quizá no lo sepan, pero hubo un tiempo en el que existió algo llamado «videoclub». Se trataba de un lugar al que familias enteras acudían religiosamente cada fin de semana con la intención de alquilar películas. Era una manera de fortalecer lazos entre padres e hijos y hermanos. La visita al videoclub, la elección de las películas que se alquilarían y la ansiada llegada a casa para disfrutar de una noche de sábado pasándolo bien con la cinta que hubiéramos elegido.

El recuerdo del videoclub

Unas veces la elección podía ser buena, otras veces resultaba un horror. Había trailers y la gracia estaba en que las cintas incluían sus propios trailers, de manera que se nos anunciaban futuros estrenos que podíamos estar listos para alquilar en cuanto llegasen a los videoclubs. Pero la gracia estaba en esas pruebas, esos riesgos y el encuentro con películas que cambiaban tu vida y querías, cuando habían terminado, rebobinar para verla de nuevo aprovechando que aún estabas dentro del tiempo de alquiler hasta el día siguiente o el lunes.

Ir al videoclub era mágico. Todas las familias tenían su tarjeta de socio, las cuartillas donde se acumulaban puntos u otro tipo de promociones. Los propietarios de los videoclubs y dependientes hacían un trabajo más parecido al de los barman que otra cosa, dando conversación y recomendando películas. Ser amigo del dueño de un videoclub era una fantasía, ya que sabías que, al menos, tendrías enchufe para que te guardara una copia de la película de moda de turno para verla el sábado del estreno.

Otro de los aspectos emocionantes del videoclub eran los propios estrenos. Dependía de a qué videoclub solieras ir que te encontrarías con más o menos unidades de las nuevas películas. Algunas veces había cintas que llegaban a tener 20 copias en la estantería y se te caía el alma al suelo si llegabas a ver que todas las cajas tenían la odiada cinta roja o etiqueta que marcaba «alquilada». Si no podías dejar de pensar en otra cosa que ver esa película, le preguntabas al dueño si ese día le tocaba a alguien devolver la cinta. Y si así era… ¡tocaba montar guardia! Y eso sí, cruzar los dedos para que el cliente de la cinta en cuestión no prefiriera devolverla con recargo por llevarla un día después.

Las promociones de 3×2 que organizaban muchos videoclubs eran las que le daban la vida a las familias. Si solo se alquilaba una película por semana, los padres tenían que tomar la decisión y buscar una cinta que pudiera gustar a todos los miembros del núcleo familiar. Pero cuando se ofrecían ofertas de 3×2 del tipo de «solo una de las tres cintas puede ser estreno», eso abría un mar de posibilidades. A los niños les gustaba repetir las mismas películas que habían visto 300 veces, pero que quizá llevaban meses sin ver de nuevo. Y luego estaban los hermanos mayores, que preferían todas las cintas de los héroes de acción de la época, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Steven Seagal o Jean-Claude Van Damme.

Junto al alquiler estaban las chucherías, el otro foco de negocio de los videoclubs. Patatas fritas, ganchitos, palomitas de bolsa, gominolas, regalices, helados, los huevos Kinder… ¡la variedad era interminable! Y si la noche era buena, porque estábamos a inicios de mes con el sueldo del padre recién cobrado, quizá teníamos la suerte de disfrutar de una buena hamburguesa mientras veíamos la película. Al finalizar la cinta: el obligado rebobinado de la misma. Y quien no rebobinaba ya se sabe que era un rebelde en potencia, aunque hay que reconocer que algunas veces la pereza terminaba pudiendo.

La elección de película

Sin duda, la mayor nostalgia se encuentra en la elección de película. Por lo general los videoclubs no eran pequeños precisamente. Solían tener largos pasillos con las paredes cubiertas de estanterías y en ocasiones también se colocaban estanterías en el centro a la vista de que había tanta cinta que de otra manera habría sido imposible darles protagonismo a todas. Las películas estaban divididas por géneros y por orden alfabético, aunque en ocasiones también se realizaban reuniones de títulos de algunos actores de moda para que los fans fueran directos a por ellas.

Entrar en el videoclub era señal de comenzar a respirar ese aroma de VHS tan característico y comenzar a mirar con detenimiento los cientos y cientos de portadas. La portada era el primer paso, el punto en el que se generaba un mayor o menor interés en nosotros. Luego llegaba el momento de dar el siguiente paso: mirar la contraportada, echar un ojo a las fotos y leer el resumen. Eso era lo que nos dejaba en situación de pensar si realmente nos interesaba o si se trataba de una posibilidad. Si la película nos convencía mucho la sujetábamos para que nadie más se la llevara.

Pero no contentos con haber encontrado una película, seguíamos buscando. Era un disfrute. Todas esas cintas, todas esas películas, horas y horas de diversión para que nuestro reproductor de VHS siempre estuviera contento. Podíamos llegar a estar una hora o incluso dos horas mirando las estanterías y pensando qué película nos gustaría ver ese día. Pero al final del día teníamos la certeza absoluta de haber elegido entre todas las películas disponibles e incluso veíamos aquellas que ya estaban alquiladas, pero que quizá podíamos encontrar otro día.

Esto, por mucho que nos apene, es algo que no podemos hacer en Netflix. Primero porque nos falta ese sentimiento físico, esa sensación de satisfacción por tener la película en las manos. Posiblemente es difícil de comprender por parte de las generaciones que están más habituadas al formato digital que al físico, pero en realidad es algo que hay que experimentar. Otro de los problemas es que Netflix nunca nos va a poder dejar entrar en su base de datos y movernos desde el primer título de la misma hasta el último. Por alguna extraña razón el servicio prefiere no proporcionarnos esa habilidad y en lugar de eso nos deja navegando a través de categorías inconclusas donde solo se nos muestra un porcentaje del catálogo.

Lo que nos acaba ocurriendo es que nos desesperamos. Por mucho que llenemos «mi lista» con las películas que más nos gustan, ¿cómo las encontramos? ¿una por una? No tiene ninguna gracia. A veces tenemos que recurrir al «ver similares» del que podemos hacer uso cuando estamos en la ficha de una película para encontrar otras con las que comparten algunos aspectos.

Uno de los muchos videoclubs que hay en Japón en el año 2020.

La única opción es recurrir a Internet y las páginas web donde se reúnen listados completos. O tenemos la posibilidad de recurrir a los «códigos secretos» con los que podemos acceder a esas listas más completas por géneros que Netflix no quiere que conozcamos. No obstante, estas listas tampoco son completas en su totalidad y lo que no dejamos de echar de menos es un listado absoluto, por orden alfabético, que nos permita explorar Netflix de la misma manera como si estuviéramos en el videoclub buscando y revisando películas.

Está claro que los tiempos del videoclub no volverán y que la organización de las sesiones de cine en familia no volverán a ser igual. Pero nos quedan los recuerdos (o la posibilidad de irnos a Japón, donde los videoclubs siguen existiendo).

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