Digital y analógico: algunos pensamientos desordenados

(Aviso: artículo plagado de subjetividades varias y reflexiones vistas desde la mirada de un simple entusiasta de la fotografía)…

De chico solía ver a mi padre constantemente con una cámara colgada al cuello, vaya a donde vaya, llevando también consigo el resto del equipo en una valija plateada. Hoy atesoro en algún lugar de mi habitación una caja con todas esos (¿cientos de? ¿miles de?) fotos que fue sacando durante todo ese tiempo, más precisamente desde hace al menos 20 o 30 años atrás. Y con esa montaña de fotos, también están los negativos, en sus respectivos sobres. Quizás venga por ese lado mi gusto por la fotografía; de hecho él fue quien me ayudó a conseguir mi primer cámara, una reflex digital, no hace mucho tiempo.

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Todavía recuerdo la primera vez que vi una cámara digital y tuve la oportunidad de manipularla. Era una Olympus de 1 o 2 megapixels y sin muchas complicaciones: todo lo que había que hacer era apuntar y disparar. Lo que más me fascinó en ese momento, naturalmente, fue la posibilidad de poder visualizar las fotos al instante y bajarlas a la PC sin ningún intermediario más que un cable y el software adjunto. Eso fue hace 4 o 5 años y por ese entonces un artefacto similar costaba alrededor de los US$400. Hoy esa cámara es una pieza de museo, obsoleta e invendible por donde se la mire.

Aún guardo un CD con varias decenas de fotos que tomé maravillado aquel día con esa Olympus digital. Viéndolas hoy no puedo evitar un desagrado al contemprarlas, no tanto por mi total falta de criterio de encuadre sino más bien por la grosera insinuación de ruido, carencia de nitidez y aberraciones cromáticas fuera de serie que en ese momento me parecieron lo más natural pero habiéndome acostumbrado al día de hoy a la calidad de una DSLR, me resultan imposibles de pasar por alto. Fotos digitales para las que no existe ni existirá ninguna habilidosa pirueta en Photoshop que las salve, y que ni siquiera darían para imprimir una fotografía en 10x15cm.

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Hace muy poco tiempo me recorrí kilómetros y kilómetros de la Capital Federal en diferentes días para conseguir un modelo específico de cámara. Una cámara fabricada a mediados de los 70’s que en el primer mundo ya roza la categoría de objeto de colección pero que por estos lados aún se consigue a precios razonables, es decir, por menos de lo que se consigue una cámara de bolsillo digital mediana. Una cámara de hace 30 años totalmente mecánica cuyo mecanismo de obturación goza de una robustez y precisión admirables y prescinde totalmente de batería alguna -la cámara sólo lleva una pequeña pila para el fotómetro- y con una construcción de cuerpo a prueba de balas a tal punto de que si alguna vez necesito con urgencia algún martillo y no lo encuentro, no dudaría en recurrir a la cámara para tal fin sin temor a que sufra rotura alguna. Es decir, una cámara que sigue funcionando perfectamente hoy como en aquel entonces, que acepta ópticas modernas y que sin dudas podré utilizar por el resto de mi vida y no sólo yo, sino también mis hijos y nietos. Y todo esto, dicho sin ningún tipo de exageración.

Después de tener una cámara así en las manos, se me hace imposible evitar sentir que mi DSLR entry-level es un frágil pedazo de plástico. Muy frágil.

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Decía que mi primer cámara reflex fue una digital, y que la tengo desde hace no mucho tiempo. Para ser más exacto y establecer una medida de tiempo, diría que desde hace menos de un año. Pero ya lo dijo Einstein, todo es relativo: un año en términos de tecnología digital es quizás mucho tiempo. A tal punto de que hoy mi cámara digital ya empieza a sentir los efectos de la obsolencia frente a modelos más nuevos y avanzados: cámaras con mejores sistemas de medición de luz y autofoco con más posibilidades, que trabajan con una cantidad adicional de lentes, que llevan baterías más pequeñas y duran más, con cuerpos más robustos, y por sobre todas las cosas, que cuestan mucho dinero. Mucho dinero, en este caso, para alguien que no lucra con esto de la fotografía ni hace de ella su medio de vida.

Todo lo digital es efímero. En términos de hardware, y también de software. Se lo mire por donde se lo mire. Y en las cuestiones que nos atañen en este blog, esto se aplica invariablemente no sólo a una cámara de fotos, sino también al programa para procesar las fotografías, y a las mismas fotos. Porque puede suceder tranquilamente que mañana me despierte y me encuentre con que mi disco rígido no funciona más y adiós esas cuatrocientas fotos que tengo archivadas en este momento sin haberlas backupeado previamente por vagancia o falta de tiempo, entre otras cosas. Porque no es raro que estas cosas sucedan. O también puede suceder que de un día para otro la lectora de DVD me diga que ese disco de 12 centímetros de diámetro donde tengo almacenados 4.7 Gb de fotografías no se puede leer. Intuyo que no habrá velorio, pero sí algo parecido. Entonces, la foto digital no sólo es efímera: también es volátil.

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Soy conciente, a la vez, de las grandes ventajas que brinda la fotografía digital. Los tiempos en gráfica editorial, sobre todo en materia de periódicos y medios de noticias suelen ser tiranos, y en esto de acortar tiempos de forma drástica la cámara digital se ha convertido en una herramienta inigualable. Ni hablar si la cámara posee wi-fi y se dé la posibilidad de poder transmitir las fotos un segundo después en el que fueron tomadas. También en estudios de fotografía, incluso en los casos en que no se disponga de un equipo de formato medio digital, una DSLR servirá para prevenir posibles errores en cuanto a exposición, a manera de las antiguas Polaroids. Y porqué no también para los que trabajan haciendo fotografía en sociales (bodas, cumpleaños de 15, etc.).

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Hace unas semanas, Gabriel me pedía consejo sobre qué cámara digital debía comprarse. Cuando le pregunté el motivo, me respondió que andaba con ganas de aprender fotografía. Sin dudarlo, le aconsejé que se compre una reflex de película con un lente normal por la mitad de precio de lo que cuesta una cámara decente digital de bolsillo. ¿Cuál es el problema? – me preguntó asombrado. Estando yo mismo aún en una etapa de aprendizaje constante, le encuentro dos puntos críticos al aprendizaje o a la esencia de la fotografía con una cámara digital, por más controles manuales que ésta tenga:

La capacidad de (pre)visualización mental de la imagen desaparece casi totalmente con la fotografía digital. Ya sea por el live-preview de las compactas o por la posibilidad de visualizarlas inmediatamente luego de la toma en una DSLR. Y no sólo por el hecho de poder verlas al instante. La intimidad que genera una pantalla de enfoque de una reflex tradicional con el ojo que mira a través de ella, también se pierde en mayor o menor medida, y

Gran parte de la esencia o mejor dicho la «magia» de la fotografía, se diluye frente a lo instantáneo y efímero del código binario. El no saber con exactitud qué habremos tomado -cosa que nos obliga a desarrollar y perfeccionar el punto anterior-, la ansiedad con las que se va a buscar las copias de las fotos a la casa de revelado, el desilusionarnos con tomas que creíamos perfectas o sorprendernos gratamente con resultados inesperados que le agregan un plus a la foto. Y ni hablar de ese momento maravilloso al contemplar la formación gradual de la imagen sobre el papel cuando copiamos fotos de forma manual y casera.

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Desde hace meses que vengo sosteniendo con Sebastián una constante conversación fotográfica. Él, todo un experimentado y conocedor del tema y yo, un auténtico newbie con sed de aprendizaje autodidacta. En uno de esos primeros días me dijo algo que no pude entender del todo en su momento. «En las cámaras digitales, la foto muere en el sensor«. Algo me llevó a pensar que él estaba totalmente equivocado, «porque total la foto después la proceso en Photoshop que como diseñador soy hábil con ese programa y al final la dejo como quiero a la foto, así que minga muere en el sensor». Pero después me dí cuenta de que el equivocado en realidad era yo.

Hay algo fundamental en fotografía que es el soporte donde queda plasmada la fotografía: la película, con sus varios fabricantes y sus dos mil quinientos modelos y tamaños de grano y contraste y latencia y variables sujetas a las leyes de la química. Sebastián se refería a que, por más retoque o postproceso en Photoshop de la foto capturada por el sensor digital, la foto en su esencia siempre seguiría siendo la misma, y todas las fotos sacadas con una misma cámara digital serían en cierto punto, las mismas. Quizás este otro artículo lo explique mucho mejor y de forma más gráfica: con las constantes mejoras introducidas en escaners, a partir de una misma película siempre tendremos la posibilidad de digitalizar las fotos que contiene cada vez con mayor resolución, grado de detalle, nitidez y rango tonal. Incluso las tomadas hace 20 o 30 años, o las que tomamos hoy mismo y escanearemos dentro de 20 o 30 años, si es que para ese entonces todo sigue más o menos como hasta ahora.

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Y mientras tanto, aquí estamos. Hablando un poco de lo que el viento (de la tecnología digital) se llevó. Y lo que se llevará. Juntando de a poco ese dinerillo que nos permitirá actualizar nuestras digicams cada 3 o 4 años. Como si estar al día con nuestras computadoras o con cosas aun más básicas, ya fuera poca cosa.

PS: ¿Algún interesado en una D70? 😉

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